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BREVE BIOGRAFÍA DE RAMÓN MÉNDEZ, ALIAS “MI PADRE”

(JUAN CARLOS MÉNDEZ GUÉDEZ)




En la infancia tuve siete padres y todos se llamaban Ramón Méndez.

Desde muy pequeño, cuando me preguntaban por él, contaba su vida con abundancia de detalles.

Comprendí luego que los datos no siempre coincidían; algunos eran ciertos, otros eran intuiciones, la mayor parte de ellos derivaban de las palabras que yo tuviese a mano en cada momento.

Nuestra historia común era demasiado breve como para aspirar a la coherencia. Me abandonó cuando yo era un bebé de pocos meses y sólo coincidimos en un breve acto legal que no es importante para esta narración.

De él, conservaba apenas un par de fotos; una con su uniforme de gala; blanco, con cordones dorados; otra de civil, con un traje marrón y una corbata mal anudada. Tal vez debido a esas fotos uno de mis siete padres era un sub-oficial del ejército. Y cierto es que la figura de ese militar resultaba la más próxima a la verdad (con el detalle de que según mi versión había sido condecorado por enfrentar a las guerrillas de los años sesenta), pues en otras ocasiones mi padre era marinero y vivía moviéndose en barco por el mundo transportando mercancías. En una tercera historia yo señalaba que había sido un piloto de avión que intentó evitar el bombardeo de La Moneda cuando el golpe contra Allende. Y también en ciertos momentos fue boxeador; un hábil peso welter que solía combatir en Nueva York y que tarde o temprano tendría una oportunidad para luchar por el campeonato contra Sugar Ray Leonard. Hacia la adolescencia, Ramón Méndez se transformó en un agente de inteligencia del CESID español; en un cantante de rancheras que vivía en Guadalajara dando conciertos para un selecto público; y finalmente, en un acaudalado hacendado en Apure que poseía miles de cabezas de ganado y paseaba a caballo por sus miles de hectáreas.

Ahora que lo pienso, cada una de esas mutaciones no hablaban de él. El modo en que yo lo construía supongo corresponde a momentos de mi vida que olvidé y que ya no importan. Mutaba, mutábamos. Pero había una fijeza: su nombre. Podía describirlo de mil maneras diferentes pero siempre le coloqué su nombre real como un único indicio, como la escasa coherencia que él podía otorgarme.


Por eso, cuando hace semanas yo caminaba por la calle Jugo de Maracaibo y trataba de localizar un lugar donde beberme una limonada, no supe muy bien qué hacer con esa figura renqueante que pasó a mi lado gritando versículos de la Biblia.

Dudé. La luz. El calor. El sol zumbando en mis sienes. La sed clavada en la garganta como un pico de botella.

Lo seguí unos metros. Adiviné su espalda; las manos inmensas, los pies pequeños; luego caminé delante de él, distinguí su frente, sus lentes de miope. Al llegar a una esquina lo dejé pasar: una sombra de aire encerrado y loción de afeitar cubierta por ropas ajadas. Apoyé la espalda en una pared. Me había pasado en muchos lugares del mundo; creía reconocerlo y luego descubría que se trataba de otra persona. Supuse que se trataba de una nueva confusión hasta que en una plaza vi que dos hombres lo saludaron a gritos pronunciando su nombre.



Regresé al hotel Kristoff. Me eché en la cama y puse el aire acondicionado a una temperatura tan baja que me tembló la mandíbula. Quise dormir, pero al final tomé notas de trabajo en mi cuaderno. Había venido a la ciudad para impregnarme del ambiente con que se iniciaría la serie de televisión que tres prestigiosos guionistas estaban preparando para una productora. Una historia de fronteras, narcos, guerrillas, cuyas acciones saltarían entre Maracaibo, Medellín, Ciudad Juárez y Miami. Nada que no se hubiese escrito o grabado antes, pero que por eso mismo contenía grandes posibilidades de éxito.

Con los años yo me había resignado a mi talento. Un talento muy concreto. Nadie era mejor que yo escribiendo un programa piloto. Los mejores guionistas en español o en inglés me contrataban para que escribiese ese capítulo inicial. Luego ellos continuaban el trabajo. Al parecer, mi habilidad se fatigaba al extenderse. El cansancio, y la abulia me tomaban cuando me tocaba escribir seis, doce, diez, treinta capítulos. Eso era lo que se afirmaba en el medio, y por eso desde años atrás nadie me pedía formar parte estable de un equipo. Yo era el mejor abriendo una historia, pero allí debía abandonarla en mejores manos.

Ganaba buen dinero por ello. Yo era el encargado de abrir mundos que jamás cerraría. No albergaba quejas, ni aspiraciones. Y además esta vez, la nueva serie me permitió darme un salto a Venezuela, el lugar de dónde me había marchado hacía muchísimo tiempo.

Mentiría si dijese que esperaba tropezar con mi padre. Cuarenta años habían pasado desde la última vez que nos vimos. Mentiría si dijese que no esperaba que una coincidencia nos acercase. Pero en los breves momentos en que imaginaba ese encuentro el escenario siempre era Caracas, la ciudad donde crecí, donde vivía mi padre cuando conoció a mamá y la llenó de falsas promesas hasta dejarla tirada con un bebé de pocos meses.


Abrí mi ordenador. Pedí que me subieran una limonada muy fría a la habitación y durante unos instantes pensé si sería posible escribir una historia sobre mi padre; una historia personal, íntima, algo para mí, algo que no fuese un piloto pagado en dólares por unos ejecutivos de México o de Los Ángeles.

“Ramón Méndez nació en un pueblo del estado Mérida en 1932. Sub oficial del ejército, en algún momento de los años sesenta recibió la oferta de incorporarse a la Academia militar para graduarse como oficial pero prefirió realizar estudios de nutrición en la universidad, y como decía con patético orgullo, fue el primer dietista hombre de América Latina.

Sus tareas en las fuerzas armadas se ciñeron a vigilar la correcta alimentación de la tropa. En los años ochenta, cuando había alcanzado el rango de Maestro Técnico de Primera, no pudo justificar cierto desvío de dinero en las cuentas de la cocina del cuartel por lo que sus superiores le exigieron solicitase la baja del ejército”.

Miré mucho rato la pantalla y comprendí que no había mucho más que contar. Al menos yo no tenía mucho más para contar después de años de infructuosas búsquedas. Ya no valían las insólitas vidas que yo le había inventado en el colegio o en el Instituto para sorpresa de esos compañeros míos que siempre tuvieron la gentileza de no advertir las contradicciones de mis historias.

Me eché en la cama y estuve un rato chateando con Ninoska, una de mis mejores amigas. Le conté lo sucedido. Pareció intrigada, pero luego me confesó que su propio padre se encontraba enfermo en un hospital de Lima. Le di ánimos y envié saludos a aquel hombre al que había conocido en mis tiempos universitarios: un corpachón sonriente que solía invitar a los amigos de Ninoska a maravillosas parrillas en el patio de su casa.

Cerré los ojos para dormir.

Lo mejor era apretar mis sesiones de trabajo y largarme de inmediato de Venezuela. Quizá a Perú, para ver a mi amiga, quizá a México para reunirme con los guionistas que me habían contratado. Largarme pronto. Ya.


Al día siguiente me coloqué en el mismo punto de la calle Jugo. Frente a mis ojos una casa resplandecía con un penetrante color uva; desde las otras fachadas brotaban resplandores amarillos, violetas, magentas, verdes. Durante unos instantes me sentí como una gota de aceite en la que estallaban tonalidades cálidas, colores de fuego y agua.

Lo vi acercarse de nuevo; llevaba la misma ropa del día anterior, pero esta vez no daba gritos sino que apretaba entre sus manos una Biblia mugrienta. Se detuvo a tomar aire. Por su cojera, comprendí que tenía algún problema en la cadera o en las rodillas. Sonreí. Sería tan fácil darle un empujón y dejarlo tirado en la calle como una de esas cucarachas que permanecen boca arriba, impotentes, desesperadas.

El sol pareció arder sobre las nubes. Una llamarada gélida recorrió mi espalda cuando Ramón Méndez se detuvo a mi lado y me miró. No soporté la opacidad, la niebla cansada de esos ojos pequeños. Estuve a punto de correr, pero él sonrió unos instantes y luego retomó su camino. Las piernas me temblaban.

Regresé al hotel y tomé un montón de notas para el programa piloto. Trabajé horas y horas. Sólo me detuve para beber un par de limonadas y ducharme. Esa noche, cuando se fue apagando el cielo, sentía que acababa de subir y bajar una inmensa montaña.

Hablé con Ninoska para saber sobre la salud de su padre. Dijo que continuaba estable en su gravedad. Le conté luego lo que había sucedido en la calle Jugo; me advirtió que a lo mejor Ramón Méndez me había reconocido. Salté al pensar en esa posibilidad. Después mi amiga susurró que debería abordarlo y hablar con él; por lo que describía sobre sus ropas quizá necesitaría dinero y como un gesto de reconciliación yo podía dárselo. Reí. Podía ser cierto, pero según me contó mamá, Ramón Méndez solía guardar billetes en un calcetín viejo. Gastaba muy poco y jamás echaba mano de esos ahorros aunque la situación de casa lo requiriese con urgencia.

Cuando se marchó, no dejó ni un bolívar en casa. Tampoco realizó un solo giro o hizo llegar algún regalo. Años después, un abogado y un juez lo obligaron a pasar una mensualidad miserable que llegó de forma discontinua y que desapareció por entero el mes que me hice mayor de edad.

No. Lo juro. No estaba en mis planes responder a su miseria con generosidad.

Esa noche puse un bromazepan bajo mi lengua; me quedé dormido mirando series en la tele.


Dormí la mañana entera y al mediodía contraté un taxi para que me llevase a Punta de Piedra; un pueblo desde el que podía contemplarse el puente sobre el lago de Maracaibo y la silueta de la ciudad. Era un sitio perfecto para algunas escenas en la que los protagonistas podían conversar sobre sus planes. Comí chivo en coco; bebí algunas cervezas y tomé muchas notas.

Estuve mucho rato mirando el puente: sus líneas perfectas, esa solidez en la que parecía flotar sobre las aguas. Luego contemplé el lago. Me dijeron que estaba muy contaminado pero eso no podía adivinarse al mirar el parpadeo de sus pequeñas olas, de sus corrientes: atmósferas de zafiro y cuarzo, metales derretidos, cremosidad de tierra batida y espuma. Durante instantes, el tiempo desapareció y solo estuve detenido en la persistencia del agua. El lago respiró dentro de mí: sus colores, su rumor, su extensión que parecía crecer hacia el cielo.

Recordé la leyenda de los indios Arawak. Allí se afirmaba que antes del lago existía en ese punto una frondosa selva, hasta que un día, indignado porque su hija había dejado de cuidarlo y se había marchado con un cazador a recitar versos, el dios del lugar abrió la tierra con tal fuerza que los ríos y el mar entraron con inmenso poderío y sepultaron a todos los seres que poblaban esa tierra. Por eso motivo, ahora el lago tiene una sonoridad propia que no es la del mar ni la de las corrientes fluviales; una sonoridad susurrante que recuerda las voces de la hija del dios y de su amante.

Regresé a la calle Jugo. Perduraba en mí la visión del agua, sus voces húmedas, solares. Era como si todos esos dioses que alguna vez vivieron dentro del lago hubiesen dejado en mí una pequeña señal de silencio. Quería vaciarme de palabras. No pensar; no decir. Quizá por eso mi mirada se adhirió a la figura de Ramón Méndez cuando apareció en la calle. Esta vez caminaba con mayor lentitud, como si el dolor de los huesos lo estuviese atormentando más que nunca. Por segundos, pensé en contarle que alguna vez fue un hacendado, un piloto de avión, un boxeador de peso welter, un marinero, un espía, un cantante de rancheras, un militar heroico. Decirle sólo eso y largarme. Dejarlo con la perplejidad de descubrir que dentro de su mezquino cuerpo convivieron las muchas personas que su ausencia trazó dentro de mis palabras. Deseaba asomarlo al terror de ser también la hechura de mis historias; el agujero rellenado con frases sueltas que le fui colocando capa tras capa. Imaginé que si le hablaba y le contaba eso, las siguientes noches no dormiría pensando que todos esos fantasmas vivían dentro de él, reclamando un espacio, devorándolo.

Pero cuando pasó a mi lado, Ramón Méndez se detuvo, me tomó por los dos brazos y dijo con voz asmática: “Hijo mío, hijo mío…Cristo, te ama. No lo olvides, Cristo te ama”.

Lo vi marcharse. Quise respirar hondo, pero el aire palpitaba como fuego.

No hubo tiempo para confusiones o dudas porque en la siguiente esquina tropezó con una mujer que llevaba una minifalda azul y una camiseta blanca y también le gritó: “hija mía, hija mía, Cristo te ama”.


Esa noche hablé un buen rato con Ninoska. No le conté nada de lo sucedido. Ella parecía ausente. Me refería con palabras lentas los comentarios de los médicos. Malas noticias; pésimas previsiones. Su padre se consumía en una cama, lejano, ausente, recorrido tan sólo por quejidos que de tanto en tanto brotaban de su boca como una señal de rendición y derrota.

- ¿Sabes qué hizo cuando muy pequeña tuve una neumonía?- acotó-, me llevó a su cuarto y me acostó al lado de mi madre, y él se sentó en una silla para vigilar toda la noche, cada noche. No durmió durante días. Yo lo veía con los ojos enrojecidos y el rostro demacrado, acariciando con cansancio el termómetro y las medicinas.

Bajé al restaurante del hotel y continué tomando notas. Comí un sándwich y bebí una gaseosa. A mi lado, una pareja de canadienses hablaba entre ellos. Escuché que la mujer le contaba al marido la historia de la Virgen de Chiquinquirá. Al parecer, en el siglo XVIII una lavandera encontró una tablita en el lago y al llevarla a casa descubrió la milagrosa imagen de la virgen, por lo que ahora Maracaibo la adoraba en la principal iglesia de la ciudad.

“El lago, el lago”, pensé, y pude contemplar esa superficie de agua como una palpitación enferma que acompañaba a la ciudad, que la reflejaba y la volvía un temblor húmedo. Desde allí, antes, ahora, surgían los dioses que acompañaban el lugar.

Esa misma noche soñé que mi padre y yo caminábamos en el fondo del lago; envueltos en burbujas, en petróleo, en arena. Al despertar, corrí al baño y escupí varias veces: un amargo sabor de sal me llenaba la boca.


Caminé por las calles que frecuentaba Ramón Méndez pero a horas distintas a las que él solían transitarlas. Hablé con algunas personas; logré sacarl algunos datos. El anciano vivía con una prima y se había convertido en evangélico desde hacía un par de años. A partir de ese momento recorría las plazas para predicar la palabra y amenazar a las personas con los infinitos males que caerían sobre la ciudad si ellos no se redimían. Sonreí. Mi padre había conocido la salvación; lástima que yo nunca entré en ella.

En la tarde visité el Hotel Baralt. Un lugar en ruinas; lleno de habitaciones oscuras, colchones llenos de orine, semen, heces. En un pasillo encontré una máquina de escribir. La acaricié con la yema de mi dedo. A un lado, las ventanas se encontraban cubiertas por cartones agujereados.

La luz en ese lugar se transformaba en textura de vidrio sucio, de tela polvorienta. Era un sitio perfecto para ubicar allí un crimen que diese pie a buena parte del programa piloto.

Le pedí al taxista que diese una vuelta por la ciudad. Íbamos con el aire acondicionado al máximo, pero un zumbido recorría mi cabeza de punta a punta. Pensé en mi padre; pensé en el Hotel Baralt. Soné mí nariz con un pañuelo. Un olor a encierro, agua empozada y loción de afeitar inundó el carro.

Cuando llegué a mi habitación en el Kristoff encendí otra vez el ordenador. Creía tener una buena idea para un cuento. Una mañana, el empleado del Hotel Baralt descubría que durante la noche se habían suicidado siete personas en distintas habitaciones. Un militar retirado, un boxeador, un espía, un ganadero, un piloto, un cantante de rancheras, un marinero. Quedé un buen rato frente a la pantalla. Sólo alcancé a escribir: “Al amanecer, el sol pareció hundirse en las aguas del lago…”.

Hablé otra vez con Ninoska. Me costó descifrar sus frases entrecortadas. Mezclaba tiempos, historias. Su padre empeoraba. Tan sólo comprendí que un sacerdote había pasado esa mañana para visitarlo.


La mañana siguiente volví a Punta de Piedra.

Caminé un trecho hasta que la proximidad del lago me detuvo junto a dos árboles. Apoyé mis manos en los troncos. Miré a los lados, miré a mis espaldas. El sol rechinaba sobre la tierra. No vi ni un alma. Un aire cálido arañó mi rostro. Contemplé el lago y me arrodillé.

“Si necesitan llevarse a alguien; si es necesario que el tiempo se cumpla otra vez en una persona, les ofrezco a Ramón Méndez. Él y sus siete vidas inútiles ya pueden marcharse; llévenselo a él y dejen en paz al padre de Ninoska”.

Lo que dije fue mucho más largo. Estuve un rato balbuceando palabras, como si estuviese tirando de un hilo que se resistía. Varias veces me detuve a tomar aire; la atmósfera: pesada, viscosa, burbujeaba en mis pulmones. Rezar para mí era difícil. No tenía fe; jamás la tuve. Por eso pensaba que mi gesto podía ser aún más valioso. Para los creyentes el rezo es una comunicación natural; para mí era un acto impropio; rezaba contra mí mismo; a pesar de mí mismo, como si esas palabras fuesen una botella lanzada al agua con un mensaje que buscaba una remota respuesta.

Apreté los párpados. Mis manos unidas hicieron fuerza hasta que me hice daño en los dedos. El lago, apacible, brillaba en sus orillas con espumas plateadas.



- ¿Vos sabéis dónde está Rafito?

La mujer se detuvo junto a mí, acomodó el montón de bolsas que llevaba en la mano y siguió conversando por el móvil. Durante varios segundos continuó preguntando por una persona. Resoplaba furiosa, iracunda. Me miró de reojo. Continuó caminando y escuché con nitidez el ruido de sus tacones alejándose.

Apoyé mis manos en la pared color uva. Sentí el calor recorriendo mis dedos. Miré la hora. Volví a mirarla. Necesitaba una limonada en los próximos minutos pero era necesario esperar. Una bandada de guacamayas atravesó el cielo: pensé en letras coloridas flotando sobre una página, moviéndose como frases oleosas, escurridizas.

Lo vi. Una vez más.

Ramón Méndez giró en la esquina. Me observó y cruzó la calle para no pasar a mi lado. Al otro lado de la acera alzó la Biblia y gritó: “Cristo te ama, Cristo te ama”. Parecía tener menos dolores en el cuerpo porque su paso fue rápido y me recordó a un potrillo. Lo miré mucho rato. Se fue haciendo pequeño hasta que el sol reverberante lo envolvió en una luz blanca y ya no pude distinguir su silueta.

Regresé a mi hotel. Pregunté a los botones si era posible mirar el lago desde alguna de sus ventanas y me advirtieron que no. Pedí que me subieran una limonada con mucho hielo. En la habitación me quité la ropa y la lancé sobre un sofá. Permanecí en la orilla de la cama mucho rato. Sin moverme.

Una llamada sonó en mi móvil. Ninoska. Supe lo que iba a contarme. Lo dejé sonar y sonar. Llamó tres veces más pero no respondí. Luego entré a Internet y compré un billete para México DF. Un botones tocó mi puerta y me entregó la limonada. La coloqué en una mesa. La dejé allí, sin probarla, hasta que sus hielos se derritieron y se convirtió en una sopa ácida.

Hundí los dedos en el vaso. Miré mis ropas deshechas, tiradas en desorden.

Imaginé el lago: agua hueca, agua sin fondo, agua sorda. Un abismo en el que ahora sólo vivían burbujas.


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